Fortaleciendo nuestro espíritu

 

Domingo 21 de marzo

Quinto Domingo de Cuaresma

Ciclo B:  San Juan 12, 20-33

 

Con nuestra esperanza puesta en la Resurrección del Señor, seguimos avanzado en el camino cuaresmal, en el que la Palabra de Dios, cada semana, nos va invitando a sumergirnos  en la compasión y la misericordia del Padre, atributos revelados en la persona de Jesús, el amor encarnado,  luz del mundo, sabiduría y fortaleza de Dios, que sale a nuestro encuentro para tocarnos con su gracia, de tal forma que experimentemos  la alegría de la reconciliación y de su paz, fruto de su vida entregada por nuestra salvación y  redención.

 

No podemos olvidar el contexto de pandemia en que estamos viviendo esta cuaresma, despertando nuestra solidaridad para con todos nuestros hermanos que sufren, especialmente por la enfermedad del coronavirus. Nos inspira a orar por el eterno descanso de aquellos que han partido a la casa del Padre. Nos sentimos llamados a solidarizarnos con las personas que sufren por  tener un familiar enfermo o por que ya ha fallecido. También nos mueve a valorar y agradecer el esfuerzo, entrega y generosidad de todo el personal de la salud que cada día lucha por atender a cada enfermo, muchas veces descuidando a sus propios familiares. Sin duda que en todas estas realidades, de una u otra forma, Cristo se hace presente con su mirada compasiva y misericordiosa para acoger, animar, consolar, fortalecer, y comunicarles su amor infinito que calma sus angustias, renueva sus esperanzas y les colma de su paz.

 

Jesús que, con la fuerza de la Palabra y del Espíritu Santo, ha vencido las tentaciones en el desierto; que nos ha mostrado su gloria en el monte de la transfiguración; que se nos ha revelado como el verdadero templo de Dios, lleno de sabiduría y de fuerza; hoy, en el quinto domingo de cuaresma, se nos manifiesta como Hijo del Padre, obediente y dispuesto a cargar con la cruz, para morir por amor a nosotros. Se nos presenta también como el grano de trigo que cae en tierra, muere y da mucho fruto. Él es el Mesías que no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida, asumiendo nuestros pecados que destruyen nuestras relaciones personales, comunitarias y sociales, dañando valores tan esenciales como la  fraternidad, justicia, solidaridad, paz, etc. Sin embargo, el Padre Dios lo ha resucitado, colmándonos de sus dones, y asegurándonos que si perseveramos en su amor daremos frutos en abundancia.

 

Cada uno de nosotros está llamado a seguir los pasos del Santísimo Redentor, llevar una vida de entrega en el servicio a los hermanos, optando por el reino de Dios y tomemos con valentía y confianza nuestra cruz, nos unamos a Cristo y perseveremos en su amor y su amistad, para que como el grano de trigo que cae en tierra muere y da mucho frutos, así también nuestra vida entregada por los demás de buenos y abundantes frutos.

 

Oremos: Padre, danos la gracia de seguir las huellas de tu amado Hijo. Jesús danos tu Espíritu Santo para que nos permita vivir en comunión contigo, y nos dispongamos con mayor generosidad a servir al mundo herido, necesitado de tu amor, consuelo y fortaleza. Amén.

¡Jesús mi amor, María mi esperanza!

 

José Rodríguez Aravena, Misionero Redentorista, Santiago.