En el camino de la Cincuentena

 

Domingo 11 de abril

Segundo Domingo de Pascua. Domingo de la Divina Misericordia.

Ciclo B:  San Juan 20, 19-31

 

Al atardecer del primer día de la semana se apareció Jesús a los discípulos que se encontraban con las puertas cerradas por temor a los judíos. Así comienza el evangelio del segundo domingo del tiempo de Pascua.  El Resucitado se presenta y les muestra las heridas de su cuerpo sufridas en su pasión y crucifixión. El relato continúa con el saludo de paz y con el soplo de su aliento para comunicarles al Espíritu Santo; sigue con el envío misionero para el perdón de los pecados y la advertencia a Tomás por su incredulidad; finaliza el relato con la confesión de fe del Apóstol y la bienaventuranza Pascual “felices los que creen sin haber visto”.

 

Las coordenadas temporales que entrega el evangelio y el ánimo de los discípulos estaban a puertas cerradas por temor, conviene tenerlas en cuenta.  Tal vez nos pueden parecer conocidas y cercanas. Así podemos definir la situación de la comunidad cristiana en la realidad imperante. La crisis en la que estamos inmersos es de tipo sanitaria, económica, social. Pero es también crisis de pertenencia a una fe que se ha ido transformando (o deformando) en algo oscuro e insípido.

 

Encerrados en nosotros mismos, refugiados en estructuras y costumbres ya caducas, aferrados a esas estructuras y a planes del pasado reciente que, aunque reciente, ya es pasado.  Así nos vamos asemejando al grupo de discípulos que se mantenían encerrados cuando Jesús Resucitado se apareció en medio de ellos.

 

En clima adverso ha llegado la Pascua de Resurrección. La crisis golpea a todos, creyentes y no creyentes.  En este ambiente enrarecido sigue muy presente el Señor Resucitado, derramando su Espíritu de vida y de Consuelo. En una señal de confianza nos envía a anunciar la abundante redención.  Nos regala el Espíritu Santo para vencer el temor y la mediocridad y nos muestra sus llagas para que lo reconozcamos en el dolor del mundo herido. Nos infunde el valor para denunciar a los ídolos del mundo y que a veces permean las estructuras de la comunidad y que como sabemos detentan un apetito voraz y una sed insaciable. 

 

La luz Pascual significada en el cirio encendido, acompaña el camino de la cincuentena, disipe toda oscuridad y sombra de muerte. Recemos para que el Resucitado nos aumente la fe y merezcamos el don de la bienaventuranza Pascual: “felices los que creen sin haber visto.” 

 

P. Víctor Fernández Escalante, misionero redentorista, Chaitén.