Comunidad de Puerto Montt.

Chiloé ha ejercido siempre en los misioneros una fuerte atracción por su belleza natural, su          cultura, sus mitos y sus costumbres religiosas que evocan profundas evangelizaciones del pasado.

Desde 1905 los Misioneros Redentoristas recorrieron las islas llevando el auxilio espiritual a las gentes de esos remotos lugares. Partían en las frágiles embarcaciones chilotas, por tres o cuatro meses, generalmente en invierno, en medio de las inclemencias del tiempo y las penurias de los viajes por el golfo de Reloncaví, de Ancud y del Corcovado. Algunos misioneros dejaron su vida en esas tierras. Los restos mortales del P. Javier Munier descansan en el cementerio de la pequeña isla de Tac, barrido incesantemente por el viento helado e inclemente del sur.

Desde Cauquenes, en un comienzo, y luego desde el convento de Los Ángeles (fundado en 1905), partían los misioneros hacia las remotas y misteriosas islas de Chiloé. Así Los Ángeles, la Comunidad más austral de los Redentoristas a comienzos del siglo XX, era la cabeza de puente para las incursiones apostólicas del sur.

Durante cuarenta años la Comunidad de Los Ángeles, una de las propiedades más hermosas de la Provincia, estuvo abierta y al servicio de la Iglesia local. Realizaron una labor intensa en el barrio y en la zona sur del país. Sin embargo, en 1945, por diversos motivos, fue cerrada. Los Misioneros la dejaron con pena. Como recuerdo de esos tiempos subsiste la Súplica Perpetua mantenida por su celo apostólico y por su amor a María del Perpetuo Socorro. La iglesia y el convento fueron devueltos al Arzobispado de Concepción.

En 1962, con el objetivo de recuperar la zona de Llanquihue y Chiloé para sus labores apostólicas, un grupo de entusiastas misioneros llegó a Puerto Montt y se instaló en el barrio de Linz, en un sector muy pobre, donde la presencia de los religiosos era una urgente necesidad. Asumieron la Parroquia de Cristo Rey y alternaron la atención a los feligreses con los viajes misioneros a las islas de Chiloé.

En Puerto Montt se repitió el mismo itinerario fundacional de la casa de Valparaíso y de Cauquenes. La Comunidad, compuesta por cuatro misioneros, se ubicó en una casa parroquial, muy sencilla, junto a un templo de madera que apenas cumplía las condiciones de capilla. El terreno donde estaba construido el conjunto parroquial había sido un pantano que alguien había rellenado con toneladas de aserrín, escondiendo, sin eliminar del todo, el agua cenagosa. El templo, de estructura simple, estaba construido sobre pilotes de alerce y a un metro sobre el nivel del piso.

El territorio asignado a la parroquia era inmenso. Comenzaba casi en el centro de la ciudad y se extendía por el norte hasta el pueblito de Los Alerces, donde limitaba con la Parroquia de Puerto Chico, situada a orillas del Lago Llanquihue. Por el sur y apegado a la costa del estuario de Reloncaví, se extendía hasta el río Chamiza. Desde allí bajaba nuevamente hacia el noreste, llegando, en un recorrido cercano a los 30 kms, a su límite final, el Lago Chapo. Todo un campo de bellezas naturales presididas por la majestuosidad de los volcanes, con pequeñas comunidades rurales, entre bosques de coihues, ulmos y canelos. Era la belleza diáfana y radiante de Llanquihue en los días de sol.

No fue fácil el trabajo, ni en la parroquia, ni en las diversas misiones. Pero la belleza del paisaje, la riqueza de las nuevas experiencias, lo aventurado y riesgoso de los viajes y la respuesta generosa de la gente, compensaban los sacrificios y los esfuerzos extraordinarios. Pasados unos diez años fue posible edificar templo y casa nuevos en un terreno más firme y no tan húmedo, en la avenida Regimiento. El notable aumento de la población de Puerto Montt, convertida en una ciudad moderna y opulenta de belleza natural, hizo necesario crear nuevas Parroquias que fueron reduciendo los límites de la Iglesia de Cristo Rey, circunscrita, en este momento, al ámbito urbano.



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